Departamento T14

Historia

La historia diplomática y de las relaciones internacionales ha dominado el desarrollo de la historiografía sobre la integración europea, muy animada y apoyada institucional y financieramente por la Comisión Europea en los años ochenta y noventa de la pasada centuria ― especialmente durante la Comisión Delors ― y olvidada después, tras las duras críticas de conductismo, cuando no de Agitprop, recibidas. Por ello, la integración europea continúa siendo abordada desde la perspectiva de la política exterior de cada uno de los estados-miembro. Es verdad que desde los años noventa se ha procurado abrir nuevos caminos, a través de la historia social ― espacio público europeo, modelo social europeo, estructura social europea ― o de la historia cultural ― identidades y valores europeos ―, pero son caminos difíciles desde el punto de vista metodológico y teórico. A pesar de los esfuerzos de Alan Milward y otros historiadores, sigue predominando una historia descriptiva y no hemos sido capaces de construir una teoría propia sobre la integración europea desde la historia. Eso sí, cada vez hay menos relatos de Christmas Story a la hora de abordar la historia de la construcción europea (Moreno, 2013: 610).

El futuro de los estudios históricos sobre la integración europea pasa por la colaboración multidisciplinar con la Ciencia Política, por supuesto, pero también con la Sociología, la Economía, el Derecho y otras disciplinas. Ciertamente el institucionalismo con su referente teórico del path dependence y conceptos como actores centrales o empresarios políticos ha ido ganando adeptos dentro de los historiadores europeos como instrumento eficaz para entender el proceso de integración más allá del círculo de Bruselas, los gobiernos y sus decisiones y enlazarlo con la historia europea y mundial en general, superando las narrativa descriptiva y asomándose a enfoques diacrónicos amplios del proceso (Kaiser, 2010: 56-60). El enfoque multidisciplinar es útil y necesario, sin duda, pero los historiadores haríamos bien en recuperar la idea de Ferdinand Braudel sobre la historia como mercado común de las ciencias sociales. No el pariente pobre al que se le encargan algunos casos de estudio para confirmar teorías o hipótesis de otros, sino la argamasa con la que construir el conocimiento de un proceso tremendamente complejo y original, sin duda. Para ello, tenemos que ser sensibles a los abusos descriptivos que, a veces, cometemos y explicitar sin rubor las teorías que cual constantes Jourdains empleamos sin enunciar. También nosotros podemos aportar teorías propias sobre el proceso de integración europea y colaborar con los sociólogos en el estudio diacrónico de las estructuras y las identidades sociales que ha ido forjando la construcción europea; con los economistas en los impactos que las políticas comunitarias han ido produciendo y en sus efectos; con los politólogos y los juristas en la articulación de un modelo dinámico del proceso en su conjunto.

Respecto a las temáticas pendientes Loth (2008: 25-26) sugería entre otras: el papel de las personalidades individuales, más allá de los padres fundadores ya suficientemente conocidos ― con una lectura generosa se puede incluir aquí personalidades colectivas como los partidos y movimientos transnacionales que han recuperado interés; el impacto que el proceso de integración ha ido teniendo sobre la(s) idea(s) de Europa, el espacio público europeo y las nuevas identidades que han ido aflorando durante el proceso, con su corolario de símbolos, interpretaciones y creencias; la evolución de los métodos de gobierno comunitario y sus efectos, de manera muy destacada en relación con el binomio democracia/eficacia. En España, Moreno Juste (2012: 162-167) apunta cuatro vectores interesantes. Las instituciones comunitarias y su papel en los procesos de democratización de los países europeos en su limes. La interacción entre las agendas del ámbito exterior de los Estados miembros, el interior de la Comunidad y, de nuevo, el exterior de los Estados candidatos. Los límites que presenta un modelo de construcción europea controlado por los Estados. Los procesos de europeización de las políticas públicas y las instituciones ― tal vez cabría ampliar el enfoque a la sociedad civil también ― en los Estados miembros y en los candidatos.

La importancia del relato europeo para nuestro país es evidente. Durante los años de la transición y después, Europa fue algo más que un referente de democracia, libertad o modernización. Fue un elemento clave en la articulación del Estado y en su gobernabilidad. Ahora que la crisis ha desmitificado la realidad comunitaria el relato nacional de España parece haberse quedado huérfano de este argumento y, por primera vez en décadas, no sabemos muy bien que Europa necesitamos o queremos en relación con aquel relato. Este es un camino que los historiadores debemos contribuir a despejar de incertidumbres. Uno de nuestros déficits con relación a la historiografía europea en este campo es el estudio de algunas personalidades destacadas en el proceso de integración o en nuestra aproximación a la CEE, Madariaga o Ullastres por citar sólo dos casos significativos; pero es sin duda el papel de los agentes sociales el que merece mayor atención. A diferencia de lo que ocurre en otros países europeos, aquí apenas sabemos nada del papel y de las opiniones de los sindicatos en relación con el proceso de integración y muy poco de las organizaciones empresariales (López Gómez, 2014; Alonso, 1984). El retorno de los emigrados europeos de los años sesenta y setenta y su impacto sobre las actitudes políticas, sociales y culturales de los españoles, así como sobre la visión de Europa desde nuestro país (Sanz Díaz, 2011; Latorre Catalán, 2006; Guirao, 2008); desde luego un capítulo central de los retornados estaría formado por las élites españolas formadas en Europa durante las últimas décadas del franquismo. En una línea muy cercana a la anterior, convendría ahondar en la evolución de la visión de Europa por parte de los españoles y, muy especialmente, la visión del otro más próximo, sean portugueses, franceses o marroquíes y latinoamericanos, antes y después de nuestro ingreso en la Comunidad.

La presente propuesta está integrada por dos equipos radicados en las universidades de Vigo y Valladolid, respectivamente. No obstante, en sus grupos de investigación y trabajo se integran también investigadores de las universidades de Alicante, Complutense de Madrid, Barcelona y Nova de Lisboa. Entre los doctores que integran el cuerpo de investigadores de este proyecto se encuentran tres de los veintidós titulares españoles de Cátedras Jean Monnet Ad Personam - incluyendo a dos de los tres historiadores distinguidos con este honor -, un miembro de la Ejecutiva de la European Community Studies Association (ECSA-World), la Presidenta y el Vicesecretario de ECSA-Spain y a la historiadora española presente en la red History of European Integration Research Society. Varios de estos doctores ya se han adentrado, con publicaciones relevantes, en algunos de los ámbitos que vamos a desarrollar.